Nobles o plebeyas, en esto somos todas iguales
| 26 Febrero 2010
Que gran verdad tengo que reconocer en sus palabras, aunque no soy muy amigo de la nobleza. Y es que, esta escena retrata lo que ha sido una constante realidad en la historia, que ha emergido recientemente como por “arte de magia” en la realidad social actual, como si de generación espontánea se tratara. Han sido muchas las mujeres que han sido victimas de maltratos, abusos, vejaciones y humillaciones a lo largo de los siglos y milenios, por no decir del segundo plano en el que siempre ha sido relegada. Es verdad, y como reza esa gran frase que “detrás de todo gran hombre siempre ha habido una gran mujer”, pero ese reconocimiento no se ha empezado a dar hasta hace poco, y que sin lugar a dudas, todavía queda mucho por hacer. Es verdad, que esta realidad no es extrapolable a otras sociedades, pequeñas tribus denominadas “atrasadas” por el etnocentrismo occidental característico, donde la mujer ha tenido un papel igual o incluso mucho más destacado que el del hombre, pudiendo inclusive equipararse al rol que el varón ha asumido en nuestra sociedad en el pasado. Pero con carácter general, esta no ha sido la tónica habitual en la mayoría de estados y grupos étnicos y sociales.
Ni una ni la otra, esta claro, si queremos igualdad, la misma se debe conseguir con todas las letras. El paternalismo enfermizo en el que se esta convirtiendo el tema en España y muchos otros estados europeos y occidentales, solo hace un flaco favor al noble objetivo que en su transfondo se supone pretende conseguir, la igualdad real y efectiva del hombre y la mujer. Para que sirva a título de ejemplo, si decimos que hay que permitir la conciliación de la vida laboral y familiar de la mujer, estamos asumiendo que la misma tiene que soportar tanto la carga familiar como laboral, cuando se supone que lo ideal sería que tanto el hombre y la mujer tuvieran idénticas obligaciones para los hijos y el sustento familiar, y por tanto, se repartiesen las tareas domestico – familiares y laborales.¡OJO! esto no viene a avalar y corroborar voces que están saliendo entre algunos jueces y juristas, que hablan de denuncias falsas y desprotección del hombre, todo lo contrario, si queremos corregir esos casos, que también se pueden encontrar en otras figuras típicas y que son, lógicamente totalmente condenables moral y legalmente, lo que se debe de hacer es mejorar la administración y control judicial, y no usarse como arma arrojadiza ante los lentos, pero progresivos y merecidos avances en materia de igualdad.
Por otro lado, no es poco conocida entre juristas y entendidos en la materia, la famosa sentencia que, da la custodia de los hijos a la madre por “estar biológicamente mejor preparada para ello”. ¿Esto es igualdad? Igual – da que sea un hombre o una mujer mientras se demuestre que reúne los requisitos necesarios, ¿o un hombre no es igual de capaz que una mujer? ¿Y si esa madre no trata de forma debida a sus hijos? No me gustaría olvidar otro ejemplo curioso, el del enfermero, el hombre que ha ejercido esta profesión era un médico frustrado, ¿la mujer no? No, porque era un trabajo que le era propio, al igual que el de maestra “señorita” y otros muchos. Mención aparte merece el tema del lenguaje de genero, por eso lo dejare para futuros escritos, pues no
Nobles o plebeyas, en esto somos todas iguales”.
Es mi intención cansar al lector más de lo establecido en los usos y buenas costumbres.
Estos y muchos más roles y estereotipos se podrían citar. Por eso, y aunque ciertamente vamos avanzando para conseguir el principio consagrado constitucionalmente en el Art. 14, todavía queda mucho por trabajar para conseguir que esa IGUALDAD, con mayúsculas, sea verdadera y efectiva.












