Cuando se levantó aquella mañana, lo primero que hizo Julia fue poner una cafetera –”bien cargada, que me hace falta”, pensó- y encender la radio –”a ver qué memeces nos cuentan hoy”. Con el traqueteo del café preparándose, iban sucediéndose los titulares de aquel 1 de mayo. Había coincidido aquel año dicha fecha con el primer domingo de mayo así que, entre frase y frase, miles de anuncios de grandes multinacionales saturaban la cadena de radio.

Aún notaba las piernas quejándose del dolor. Había llegado el día anterior más tarde las 9 de la noche, después de haber estado limpiando dos casas y una tienda. Aun así, su jornada no terminó hasta bien pasada la medianoche. Todos los 1 de mayo iba a la manifestación que convocaban por el día del trabajador, así en sinónimo masculino, pero si quería hacerlo tenía que dejar almuerzo listo y haber recogido la casa.

La tertulia matinal de la radio había comenzado su diálogo de besugos, pasando después a llamar a diferentes políticos para que diesen sus impresiones sobre aquel día. Algún despistado pensaba que seguían hablando del día de la madre, aunque la mayoría parecían tener buenos asesores de comunicación. “Bonitas promesas para las elecciones”, pensó Julia. Después de hablar con el último líder, todos con voces bien masculinas, algo captó su atención.

“¿Y nosotras?” fue la primera idea que cruzó su cabeza. Recordaba que su madre le había explicado las batallas que había tenido que librar para que sus compañeros dentro del sindicato reconociesen el trabajo doméstico. En los años 80 la regulación acabó siendo discriminatoria para ellas y la que se había aprobado en 2011 seguía teniendo carencias.

Pero aquella no era, ni de lejos, la única conversación que habían compartido sobre aquel tema. Cuando se jubiló, Julia le preguntó a su madre qué tal se sentía ahora que tenía tanto tiempo libre. “¿Tiempo libre?”, era lo que siempre preguntaba cuando se lo decían, “pregúntale a tu padre. La palabra jubilado no se inventó para nosotras. Por mucho que diga que estoy jubilada, yo sigo trabajando. Tú piensa cuando estábamos de vacaciones, tu padre lo mismo el domingo hacía una paella estupenda y era un gran chef, pero la que seguía cocinando todos los días era yo”.

Por esa época, coincidiendo con la jubilación de su madre, parió a su hija. Aquel sí que fue un punto de inflexión en su vida laboral. No tardaron mucho en despedirla. En lo que si tardó fue en poder incorporarse de nuevo a un trabajo, a pesar que siempre cumplía con casi todos los requisitos que se pedían.

Julia había nacido en Andalucía, donde el 32,87% de las mujeres se encontraban en situación de desempleo. Una situación a la que había que sumar las dificultades implícitas por ser mujer en el estado español, donde se debe trabajar 84 días más para ganar lo mismo que un hombre y 11 años más para cotizar. Enfrentándose cada día a la realidad de saber que tenía no sólo que hacer su trabajo, sino las tareas domésticas, como el 90% de las mujeres explotadas por la doble jornada.

Cuando Julia se levantó aquella mañana, sabía que lucha no podía ser en vano. Que no sólo luchaba por los trabajadores, sino que tenía también que seguir luchando para dejar de ser las invisibles del primero de mayo.